28 abr. 2014

CHAT

- Hola
- Hola, hacía tiempo que no hablábamos
- si
- ¿por qué?
- porque te quiero
. ¿como?
- porque te quiero, y no puedo decírtelo, no quiero decírtelo, y tengo que ejercitarme todos los días para callarme, permanecer en la distancia, simulando estar centrado en la rutina habitual, pasando por alto la especulación sobre qué podría haber sido, con todas las posibilidades del éxito y el fracaso, sujetadas por un nudo de tiempo.
- ¿pero qué me estás diciendo? ¿te estás riendo de mí?
- Son evidencias demasiado reales; puedes enterrar en el fondo de las entrañas el sentimiento, lo puedes quemar en la hoguera donde renace el espíritu, lo puedes maltratar ignorándolo, ofrecerle sustitutos, materia y viajes lejanos.
Pero vuelve a recordarte que está latente, que dar el paso es descifrar la negación, la imposibilidad y la ruptura.
O por el contrario abrir una óptica distinta, donde la foto ya no puede hacerse en automático, con una mezcla de temor y excitación, balbuceada por el hígado; los riñones; los pulmones; que te devuelve a una infancia desatada, incomprensiblemente madura, una espera de mil años resumida.

- oye, tú no estás bien ¿no?

Te agradezco que sigas hablando fingiendo que no entiendes. Quiero y no quiero llegar al final. Decírtelo me libera, me otorga a mí mismo valor. Me afirma que todavía soy capaz de decirlo y sentir ese temblor del riesgo, ésa inestabilidad herida, el luto por los amores muertos, el motivo por el que estoy aquí, la razón por la que nací y me fue concedida la vida, que no fue sino para amar.

Y ése amor fue cambiando de nombres, de cuerpos, de lugares. Ese amor se encontraba allí donde había me volvía a dar una oportunidad, donde no tenían cabida las excusas, donde la fuerza y el impulso, no se podía contener.

Es inagotable. Se acaba la vida antes que él. Y tras la vida, cuesta imaginar la eternidad sin amor.
Será entonces cuando la curiosidad me lleve a conocer, en qué punto debió darse la coincidencia, qué ciudad debí visitar, qué momento pudo transformar el recorrido.

- Pero tú ¿sabes lo que estás diciendo?

No puedo responder a tus preguntas. Sólo te estoy haciendo entrega, a través de las palabras, de algo que me pone en riesgo, me hace vulnerable, y quiero por fin recibir la herida; porque estoy preparado para vivir sin ti.
Es cierto que tengo momentos que estoy al límite, que merodeo tu barrio, que frecuento ciertos sitios; pero pasa el día, y la noche, y recupero mi destino. Lo acepto y lo voy cuidando.

Morir es no conocer el amor; y morir lentamente es saber que existe y no poderlo alcanzair.

- Creo que debemos dejar esto, no me está gustando. Te agradezco enormemente que haya despertado en tí cierto sentimiento, y te aprecio, pero no hay nada más que cariño, correspondencia.

- lo sé. Todo esto no lo digo para que me digas que sí hay algo, que ni siquiera yo sé lo que podría ser. Todo esto lo digo para que cuando me veas te sientas incómoda, e intentes evitar todos aquellos sitios donde podríamos coincidir, todos esos momentos que no nos llevan a ningún lado, toda esa destrucción que podría acumularse cada día, sin un plan de choque para rehabilitar las perdidas. Para que evites sonreírme y preguntarme educadamente obviedades. Para que definitivamente no haya otro modo de desaparecer que cierta inquina creciente, cierta sospecha de que soy mentiroso, oportunista. Alguien que trabaja para el lado oscuro del corazón.

- Bueno, tengo cosas que hacer, ya hablaremos otro día. Y por favor, no te dejes confundir. Todos atravesamos momentos. Cuídate.

La pantalla emitía el zumbido eléctrico. Bebí un vaso de agua y me concentré en cómo recorría mi interior. Respiré como si tuviera unos pulmones nuevos. Sentí esa humilde y profunda sensación, de cuando se hace el trabajo bien hecho.
Salí a pasear.
No, no salí a pasear, me rodeé de gente anónima, de nuevos seres, de un bosque de carne por el que no se atreve a penetrar el sol.

LIBRO



Sabrás algo más de mí cuando me abras
cuando dediques el tiempo para leerme
una vez observada la foto de portada
los datos del autor
y haya aprobado tu primer examen de oposición
frente a otras opciones, tan válidas como yo.

Estaré en el campo de libros
seduciendo con mis colores
para que insectos que liban letras
posen sus ojos en mis pétalos
y extraigan el néctar de la lectura.

Porque las estanterías son las galerías de la cárcel
donde de vez en cuando desaparecen reclusos
dicen que por algunos pagan el rescate y los liberan
y que a otros los devuelven en cajas
al lugar donde nacieron
para que se reencarnen en otras palabras
que sean capaces de vivir entre silencios.

26 abr. 2014

EL SUICIDA



El suicida dudó
entre las distintas formas de muerte.

El tiro le pareció escandaloso,
la soga en el cuello; de western,
arrojarse al vacío; demasiado impactante.

El suicida quería una muerte discreta
que no llamara demasiado la atención.

Pensó en la cicuta, en el arsénico
pero temía que lo confundieran con un cólico.
También en cortarse las venas
y languidecer en la bañera.

Pero no, demasiado clásico.

Valoró el seppuku
pero requería un cómplice que le cortara la cabeza.
Lanzarse a la vía del tren podía dejarle tetrapléjico
y él quería matarse.

Estuvo mucho tiempo estudiando
el modo más eficaz de suicidarse.

Y al fin lo encontró:
siguió viviendo.

ENAMÓRAME

Enamórame
baja de ese cielo solitario
donde apenas hay humo y suspiros
sube de esa profundidad oscura y fría
acércame tu sombra como un abanico
donde ocultarnos para fijar nuestras metas
inclúyeme en tu declaración conjunta
atrásame el reloj para ponerlo en tu momento

Enamórame
como si quisieras licenciarte en mi carrera
hacerte especialista de mis huesos
realizar sobre mi sangre tu proyecto
tener cum laude en todas mis materias

Enamórame
sin demasiados miramientos
no respetes ni un centímetro de suelo
que separe nuestros cuerpos,
anexiona mi territorio a tu imperio.

Enamórame
como si tiráramos de un hilo
por donde descosemos los labios
saltándonos los puntos del tejido
que nos aprietan la costura de la risa

Enamórame
como sólo tú sabes hacerlo
con la resaca de una noche excesiva
transportando con lentitud el cuerpo
para arrojarlo en mitad de tu pecho.

Enamórame
de camino en un taxi
mientras el conductor mira de reojo
y se pregunta cuando llega el beso
que le indique el final del trayecto.

Enamórame
perdida y salvajemente
sin contrato por meses ni por horas
como si fuéramos autónomos del deseo
y nadie indemnizara nuestro despido.

Enamórame
empléate a fondo
utiliza todo tu peso, tu medida
vacíame y finge estar dormida
como para mirarte 
yo evito tener sueño.

20 abr. 2014

NO ABRIMOS EL DOMINGO



Ayer estuve de compras. Compras de clase media, o de gente sin clase.
Dos días sin comercio es irresistible.

Fui a certificar una carta y estuve media hora esperando. Observé la composición de la fila. Todas las clases sociales, todos los colores, podríamos haber decidido derribar el sistema, cualquier sistema, especialmente el de la espera sin hablarnos.

Miraba como desaparecían las escaleras mecánicas y se tragaban a la gente que transportaban; aparecían en otra planta, o en otro lugar lejano.
Parejas dándose un beso, ancianos oliendo a esa colonia de residencia, metrosexuales con urgencia por exhibir las duras jornadas de gimnasio.
Las escaleras se lo tragaban todo; empezaban por los pies y las personas parecían sobres, todos plegados apareciendo allí donde no había gente suficiente de sus características.
O humo, o niebla espiritual.

No pude evitar la tentación y cogí unas bolas para el inodoro: Bref WC poder activo.

Son de colores, estuve comparándolas con otros sistemas baratos, de color azul o verde, que se veía a simple vista que resultaban un fraude.
Coloqué en casa las bolitas azules y verdes y estuve apretando la cisterna un buen rato (modo económico). Contemplé la espuma y el olor del bosque de coníferas.
Observé como giraban con la caída del impulso acuático, y esa fuerza motriz, provocaba la espuma, que no era sino descomposición física.

Me pareció poético. Y limpio. Aunque fuera artificial.

Me senté en el inodoro con la tapa cerrada, como si fuera una Harley Davidson, y apreté a fondo los dos pulsadores. Sentí como si recorriese el corazón verde de Europa, sus bosques llenos de cadáveres de guerras sangrientas. Sus tabernas con delincuentes y posaderas extranjeras. Sus carreteras sinuosas donde alguien puede aparecer en una curva, con un hacha clavada en la cabeza.

Me impresionaron esas bolitas de colores. Quería comérmelas, como cuando de niño quería comerme la goma de borrar con olor a nata o el pegamento, y beberme la gasolina, o el aguarrás.

Me senté en una hamaca de terraza, e imaginé unas vistas limpias, como si me abrazara mi madre.
Una dependienta me preguntó algo y quise casarme con ella; una boda sencilla, de juzgado y merendero. Compartiríamos las bolitas Bref WC con poder activo, y nos comerían las escaleras mecánicas en tardes libres. Haríamos el amor de vez en cuando, como algo sano y deportivo, riéndonos de las cosas que nos faltan y nos sobran. Gozando de no saber quienes somos.
Permaneceríamos desnudos, hablando sobre los nuevos sistemas para subir la persiana de lamas, y de ahí pasaríamos a Philip Roth, o Kenneth Cook.
Todas las mañanas le besaría los pies, y le diría al oído algo que le haría bajar las escaleras sonriendo.
Le esperaría a la salida, por la puerta de empleados, y le rendiría cuentas del tiempo que no existe sin ella.
Nos sentaríamos en el paseo central y veríamos como la gente obedece a los colores del semáforo.

Yo llevaría su bolsa con ropa sucia, y la besaría antes de meterla en la lavadora Lynx, de marca casi blanca, con un servicio posventa pésimo.

Esperaría a la cantante de orquesta de pueblo, en su madrugada agotadora.
Esperaría a la pasante, trabajando gratis para el abogado situado.
Esperaría a la que sale de un cine, esperando vivir algo de eso que ha visto, o lo contrario.
Esperaría a las bandadas de empleadas de las multinacionales, saliendo como si el nido estuviera ardiendo.
Esperaría a la que ha trabajado su último día en la óptica, y me graduaría la vista ante sus lágrimas.
Esperaría a la que sale de su casa, intentando olvidar la discusión.
Esperaría a la que siempre espera, a la que nunca llega, a la que me canso de imaginar.

Esperaría a la que ya no sabe qué será de su futuro, y me cogería del brazo con fuerza, y sus dedos clavándose en mi carne, traspasando la camiseta me dirían: ¡no me dejes! Mientras yo le decía lo mismo, y aún más.

EL CORTE DE PELO



Ayer estuve en el Corte Inglés, un lugar que acoge a los cuerpos en siete plantas y dos sótanos.

Estuve paseando y preguntándome por qué Dios no me ha hecho del Barça o del Real Madrid. Estuve con un señor que estaba ilusionado desde hacía dos días con un partido, y no tenía otra cosa en la cabeza, y era feliz, o disimulaba muy bien su vacío. Estaba contento de sí mismo, de lo que piensa, o de lo que deja de pensar.

Y yo me fui al Corte Inglés. Me dirigí a la peluquería y pregunté si me podían cortar el pelo, sin mucha convicción. La chica joven consultó un cuadrante con nombres y me dijo que si.

Apareció otra chica joven y me lavó la cabeza mientras me preguntaba si el agua estaba bien. Interpretó una melodía en mis sienes con sus dedos. Yo calculaba que eso tiene un precio, pero no me importaba. Mi cabeza, descuidada y rota por dentro, mi cabeza que cambia de vida cuando enciendo su relámpago, ahora entregada a unas manos milagrosas.

Me invitó a que la siguiera, y lo hice. Podía haber estado dos días caminando tras ella, pasando por pasillos con luz fría y barata.
"¿cómo quiere que se lo corte?"

No sé, he venido aquí porque estaba aburrido, y el pelo y las uñas es lo único que le crecen a los muertos. He venido porque en las catedrales hay ocupas de la fe, en los bares ocupas del fútbol, en las librerías, libros de autoayuda, y no quiero que me ayude gente que me cobra. He venido porque llevo caminando toda la tarde, intentando que alguien revise mi cabeza, una ITV, un taller exprés.

La joven peluquera apoyaba su vientre en el reposabrazos, muy cerca de mi codo, sus manos olían a humedad y a alga marina. Me hablaba de lo que se habla a un cliente enfermo de normalidad. Yo intentaba evitar mirarme en el espejo, no me gustan los espejos, ni lo que veo en ellos. Le pregunté cosas: cuántas cabezas toca al día, si puede leerlas a través de las yemas de los dedos, qué hacen con todos esos pelos que barren, ¿es cierto que los venden a las fábricas de muñecas?.

Me cortó el pelo. Un poco, descargar le llaman en el argot.

Y me fui otra vez a las plantas de mercancías, a los sótanos, a los váteres donde siempre hay alguien que quiere vértela. A la salida, donde espero que suene la alarma, a la calle, con esa gente que tiene la cabeza sobre los hombros, el cuerpo destrozado de caricias, los labios llenos de sal de cacahuete, las ilusiones parecidas a una película de Walt Disney o la Pixar.

Está paseando el extraño, con el pelo cortado y un dolor insoportable. Cuanto más bella, más duele la vida, y las nuevas generaciones, cada vez más altas, más hermosas, más lejanas. Rodeado de primavera irrespirable, polinizando los segundos.
Está paseando el que parece que pasea, pero está enterrándose entre vosotros, mezclando su vida con vuestra vida, su respiración con esa invasión de cuerpos, de perfumes, de gasolina.

Estuve a punto de meterme en el Hamburgo's y meterme tres hamburguesas y mancharme de mostaza y ketchup, y sonreír a la servilleta y a los que miran por el cristal del pasaje, y llorar sobre el plato, dejarme caer con la boca torcida sobre el pan con doble de queso. Cada dos raciones, bebida gratis.

Estuve a punto de llamarte, pero ya lo he hecho alguna vez y siempre tienes planes, te rodeas de planes como si fueras el centro histórico de Madrid, o de Estambul. Te rodeas de gente, de actividades, de viajes, de quehaceres inaplazables. Te obligas a ser feliz, a llenarte.

No te llamé, en su lugar me corté el pelo.
De mi vida
tendrías que haber salido
despedida
como una piedra plana
lanzada contra el río
y no
como ese boomerang
que me golpea la nuca
cada vez que te pierdo de vista.

LA REVELACIÓN

Ayer, (todo ocurre ayer)
me llamó Kim Jong Un. Sólo el Creador sabe por qué eligió mi número de móvil.

Se puso un traductor catalán, de Reus, emancipado de una España terrible.
Me dijo que tras una sesión espiritista, se había ido (de incógnito) a un peep show, y en un trance lúbrico, sintió la necesidad de crear una religión para ser adorado.

¿Por qué yo?
Porque tienes un don: entre don nadie y don sofá, en la carretera de Logroño.

¿Qué debo hacer?
ir por el mundo predicando la buena nueva

¿Qué buena nueva?
esa pregunta te costaría la lengua. La buena nueva es buena y es nueva, a estrenar, y compite con religiones antiguas y denostadas por el sucio hombre viejo. Occidente necesita una nueva fe, a la altura de los maradonianos, de los adoradores del príncipe Felipe de Edimburgo, en la isla de Tanna, o la secta de los adoradores de la Tetera Gigante, en Malasia.

No me gusta la palabra secta

el líder te da la razón

propongo spirits in the machine

el líder te va a fusilar, sin amanecer

le llamaremos Kim, como Bassinger

eso produce confusión

entonces propongo "Jogun" como shogun

perfecto

¿Qué debo hacer?
primero te cortarás el pelo como el líder Kim, y no como te lo cortaste el otro día, que pareces el batería de las Nancys Rubias, (no miréis las fotos en Google, es un nombre al azar)
Después, pondrás la mano sobre las teclas de un piano y cerrarás la tapa con todas tus fuerzas. Cuando contraigas el gesto, echas unas gotas de Loctite desde el ojo al lóbulo de la oreja, con un ángulo de 75 grados, de ese modo, tu rostro semejará un aspecto oriental.

El líder te hará un ingreso en el Banco Pichincha, en la calle César Augusto 30, de Zaragoza, y con ese dinero alquilarás la antigua discoteca Coliseum, en Almudévar, y contratarás a DJ Frank y al curandero famoso que sana con la imposición de los dedos índice y pulgar (por ese orden).

¿Habéis hecho un estudio de viabilidad? (pregunté)

Está todo calculado, como los lanzamientos antimisiles

antimisoles

te vamos a cortar la garganta y se la vamos a dar a Obiang para que se haga una flauta, esto no es una broma.
Serás el enviado, el Kim fax, la persona que recibirá las sagradas escrituras en cartón de cajas de Telepizza y Chop suey.
A partir de ahí, proclamarás el nuevo reino de Jogun

Perdón, ¡oh voz de oriente misteriosa! pero en Andalucía, (personas imaginativas y muy mezcladas) utilizarán un arma llamada guasa, y al nombre de "Jogun" le harán mofa con la palabra yogur.

Estás arriesgando tu vida ibérico emisor. Que seas el elegido no te da derecho a que subestimes el poder del líder supremo, comandante en jefe de todas las fuerzas reunidas Geyper, enviado del sol de oriente con sus manchas negras.
Mañana resucita vuestro Señor, el lunes se fundará la nueva religión, y en diciembre celebraremos su nacimiento, compitiendo con lo clásico, y todos los años habrá sacrificios, y recortes, y nombraremos sacerdotes de la nueva fe en ceremonias fastuosas, con una gran pantalla de plasma en la plaza central de LIDL VILLE.

Como digas, sueño de viernes de primavera

pronto sabrás más, ahora, dúchate y sal a comprar el pan, brotes de soja y coloca sobre el cabecero de tu solitaria y tuneada cama, el retrato de Jogun, sin clavos ni chinchetas, sujétalo con cinta americana.

Ok

No, eso no, tines que decir: Kim

ok, Kim

¡Buff! el líder siempre se fija en los más obtusos devotos.

16 abr. 2014

MORIR DE AMOR



Junior ha muerto de amor
Morir de amor es una enfermedad romántica, como los duelos al alba y los destierros voluntarios.
El amor tiene esa doble cualidad.
La mirada mientras Rocío cantaba rancheras, y celebraban el verano al borde de la piscina.
Mis padres tenían un disco de Rocío Dúrcal. Lo ponían algunos sábados, y ésa era la señal, de que el día comenzaba levantándose la falda de la mañana, y daba vueltas.

Morir de amor no pasa de moda. Somos una herencia de afectos.
Los góticos recogen su estética, pero no mueren, cuando crecen se convierten en empleados de comercio o en Marilyn Manson de barrio.

Y los hijos disputándose la herencia, y Junior melancólico, aferrado a su pasado filipino, a sus escenarios alzados sobre plazas de pueblos, al amor de una mujer que sonreía como un pájaro.

Junior consumió el veneno del recuerdo sin rebajarlo con agua, o con whisky. Mirando como amanecía otro día que nacía muerto, con falta de peso y respirando con dificultad.
El arte es promiscuo, une con el hilo invisible de la belleza, separa con la delicadeza de un orfebre.

Morir de amor es lento. Te detienes en el momento que dejas de vivir en otra alma, y te quedas abrazado, como los amantes bañados en lava de Pompeya. Eres consciente de tu falta de sentido, del abandono de tus fuerzas, de las peleas que ya no te corresponden.

Son muertes discretas, de las que nadie se atreve a opinar, cuyo diagnóstico no está del todo claro.

Es hermoso encontrar, entre los escombros de las noticias, un titular así: "Ha muerto de amor". Es rotundo, y nos devuelve a la esencia humana. No es necesario profundizar en la noticia, porque cada cual la hace suya, y le pone nombre y poesía.

Puedes morir de amor a los treinta, y es la edad quien te concede la esperanza de renacer.
Puedes no morir de amor nunca, y nada has comprendido de lo que es la vida.

13 abr. 2014

RED


Tal vez
sólo se trate
de que pedimos ayuda

especialmente humanitaria

cada uno desde su carencia
cada vez con más urgencia

formamos un campo de refugiados
con la última tecnología
y la mayor de las distancias.
Yo no te recuerdo,
te acumulo
te atesoro.
Cuando ya no crees en el amor
es cuando harías todas esas cosas que prometiste
doblarías la barra de hierro
desandarías esos pasos que no fueron tuyos
incluirìas doble ración
de tiempo perdido
mientras te daban paso las señales

Cuando ya no crees en el amor
es lo que dicen los niños
para sentirse queridos
pasando por alto los detalles
hay una imprevisible fortuna
a la que no te dignas mirar
porque aspiras a más
vuelve ese hambre compulsiva
que nos hace devorar la carroña
que nace en curvas poco iluminadas

Me pregunto como quedaríamos tú y yo sobre una cama
quién abriría antes los ojos
quién trataría de volver a tocar el sueño
quién diría adiós desde un trozo de papel

Mis padres viejos ya no me sostienen
y tengo ese agujero que se queda
cuando alguien vive por ti

Me pregunto
desde que ya no creo en el amor
si esperar es todo lo que puedo hacer

Hoy me ha apretado la mano un africano
quién sabe en qué labios puede acabar mi moneda.

ESE VIEJO



Ese viejo que ves en el sillón, es mi padre.
Duerme sin tener sueño, le sobra la mitad del día.
Su religión son las horas de la comida, le reza a una caja con pastillas.
Mira la tele como si la viera por primera vez.
Quiere que le cuente cosas que no duren más de cinco minutos,
responde siempre lo mismo, como un médico de cabecera.
Antes de salir por la puerta se da la vuelta un par de veces, palpándose los bolsillos, se registra como si quisiera encontrarse.
Le preocupa el tiempo que hará mañana, desayuna de pie, dos galletas de fibra, se limpia las manchas humedeciendo un pañuelo con saliva.

Ese viejo que ves ahí, es mi padre
tan parecido a otros, incluso para mí.
Cuatro veces por semana recorre a los especialistas, rellena boletos de lotería, trafica con partidos de fútbol.
Cada vez que le veo me rebelo contra la oxidación, contra las proteínas.

Ese viejo que ves ahí, sin venir a cuento
le da un beso a mi madre en la cocina
y a mi me guiña un ojo
como si la acabara de conquistar.
El embajador que envié
ha regresado con los ojos rojos;
me han declarado la guerra
en lugar del amor.

Eso me pasa por ser un país pequeño
con escasa población
y recursos naturales.

Me han dicho
que aplicarán la convención de Ginebra
y una rodaja de limón.

Te espero en el bar de siempre
vamos a organizar la resistencia.

DOMINGO PRIMAVERA EN ZGZ



Estuve ayer por la mañana en el Parque Grande de Zaragoza, ya sabes, ese oasis que a alguien se le ocurrió poner en medio de la luna.

Llegué con mi bicicleta de montaña, que se va haciendo mayor. De vez en cuando le hago un trasplante de cadena, de radios, de horquilla, y sigue rodando, haciendo que flote sobre su sillín.

El sol tomaba posesión de los cuerpos, les empezaba a avisar de su invasión.

Pedí agua con gas y aceitunas rellenas, rellenas de algo misterioso, del mismo color de las aceitunas.

La camarera madura, escueta y alegre, calzada sobre unas zapatillas Saucony, marca especializada en el running, me sonrió mientras volaba de mesa en mesa, haciendo y deshaciendo nidos con la vajilla.

Llegaban oficinistas, familias con los suegros y niños en carritos.
Parejas semidesnudas con los brazos blancos, se contaban lo que quizás no iba  a ocurrir jamás.
Llegaban personas con dificultades para andar, se sentaban a la sombra de un toldo de cerveza Ambar, un domingo por la mañana, cuando todavía hay tiempo.

Miraba mi bicicleta, apoyada sobre un árbol, y le hablaba. Admiraba su resistencia, su estructura de aluminio, su manera de deslizarse sobre la piel de la tierra.

Había una gran jaula que contenía pájaros indescifrables. Hablaban de sus cosas y de repente se organizaba un gran alboroto, una discusión violenta.
Estaban presos, pagando alguna causa con la justicia, mientras las familias tomaban Coca cola y patatas fritas.

De vez en cuando planeaba algún pájaro del exterior para tener un vis a vis.
Hacía de enlace entre los presos alados y sus familiares.
Preguntaban por cómo iban sus procesos, si habían admitido el recurso a trámite.
El pájaro del exterior les pasaba una miga de pan con una lima dentro.

El propietario de la terraza limpiaba mesas con un trapo peligroso. Lo limpiaba todo con el mismo trapo, dejando un arco iris de color gris en la superficie.

El yerno le hablaba al suegro, demostrando que su hija había elegido bien a su pareja, a un tipo resuelto y capaz de mantener a una familia.

Mi bicicleta exhibiendo su desnudez triconificada, con los brazos de carbono, apoyada para recobrar el aliento.

La camarera se apoyó en la barra y siguió volando de mesa en mesa.

Apurando el cáliz con agua de Vichy, con sangre de la montaña, y las aceitunas rellenas de encurtido, verdes y llenas de esperanza.

LAS PALIZAS



Billy el Niño se oculta el rostro para declarar en la Audiencia Nacional.

En 1977 fue condecorado por Rodolfo Martín Villa por sus servicios prestados, que consistían básicamente, en dar palizas a personas retenidas en la siniestra Dirección General de Seguridad, planta primera.

Pasea por Madrid y toma aperitivos en Lucio, junto con otros colegas, recordando hazañas.

Pegaba en la nuca, en las plantas de los pies.
Situaba el cañón de su arma reglamentaria en la sien y en la boca del detenido.
Daba palizas, y no le importaba que murieran en el interrogatorio, porque podía arrojarlo por la ventana como al estudiante Ruano.

Billy en Niño, Conesa, Muñecas, España cutre y dolorosa.

Yo quiero la independencia de esa España de palizas en comisarías, en aulas, en domicilios.
Palizas con prendas rellenas de arena, forrados en ropa, para no dejar marcas y que vayan reventando los órganos calladamente.
Palizas a comunistas, sus amigos, y simpatizantes.

Le llamaron transición eufemísticamente, pero fue ocultación, pacto de silencio, omertá, para recolocar a aquellos que sacudieron palizas, que daban el paseo, que se les iba la mano en un interrogatorio, que les era indiferente ser fascistas o demócratas, mientras tuvieran el poder, los medios de opresión y la ley de su parte.

Billy el Niño se oculta el rostro

será declarado inocente, o habrán prescrito sus delitos, como los ciento setenta banqueros imputados, como tanta gente que nos propina las palizas diarias, en nombre de su democracia.

Y se ríen, se ríen al darse a la fuga con su vehículo
se ríen al declarar en silencio cuando son interrogados por Gürtel
se ríen cuando desahucian de las casas
se ríen cuando inhabilitan a un juez por investigar
se ríen al renunciar a la Justicia Universal
se ríen regulando el cuerpo, la conciencia y la libertad de las mujeres
se ríen cuando proponen trabajar gratis
se ríen de los jóvenes, de los padres de familia y de los ancianos,
de los dependientes y de los solidarios

porque aquí las palizas las da Billy el Niño, con la cara oculta, para dejar las cosas claras.
Digamos lo que digamos
no nos pertenecemos
más allá de un rato al día
que casi nos coge durmiendo

poblados de sombras
que se alargan en soledad
las fuerzas fundidas
para la aleación resistente

no me digas que se acaba
esta paz que me entregas
con cada roce que se escapa
a las prisiones de los días

nuestros relojes sincronizados
para asaltar nuestros cuerpos
las órdenes del cerebro
las maneja el corazón

tocándonos como barro
del que queremos crear deseo
pura imaginación de los dedos
nos estallan como minas

figúrate que ya ni lo intento
porque me he retirado de los concursos
de posturas difíciles
y amantes de riesgo

tomo los momentos en secreto
cada vez más desnudo de mí
encendido con tarifa nocturna
reduciendo facturas, ahorrando energía

porque quiero durar para ti
con máximo beneficio y bajo coste
tener a tus accionistas contentos
para que sigan invirtiendo en nosotros

pero si nos destruyen
que sepas que fuiste cierta
quizás no más que un trozo
de luz arrancado al sol

un vaso de agua en la noche
el lado lleno de la cama
la infancia devuelta en cristal
que podía ver tras tus ojos.

CAJA B

La caja B y el fallo de seguridad de internet, no me parecen noticias, ni siquiera me parecen comentarios de autobús, o de metro, o de puesto de frutería.

La financiación, el espionaje, esa oscuridad que desconocemos los religiosos declarantes de Hacienda, temerosos de recibir una citación del inspector, cansado de escuchar excusas de caducidad de plazos, con una fila de diez metros para dar la absolución y rezar diez IVAS nuestros.

Llevo semanas oyendo tambores por los polígonos, por los ribazos, por las explanadas. Primero ensayan en pequeños grupos, después en círculo. Tambores machacones, sin llegar a música. Tripas de cerdo, de cordero, vibrando, y Europa lejos, encerrada tras los Pirineos, huyendo de las cofradías de la superstición.

Me canso de este país, o lo que sea. Tenía un mapa clavado con chinchetas en una pared azul. El mapa de España sin Portugal parece ridículo, irreconocible. Si Cataluña se marcha (quizás nunca estuvo), parecerá una galleta mordida por perros grises ibéricos, riñendo por aspirar a colores rojo y azul.

La operación salida y sus muertos santos. La prisa por llegar desesperados al mar, como si quisiéramos enterrarnos en la arena como cangrejos.
El Hombre del Tiempo que no puede decir la verdad, ya estamos acostumbrados.

Automóviles cargados con las tablets, los smartphones y cámaras Nikon. Cuatro días para hacer quinientas fotos y jugar, jugar matando zombies con el pulgar.

Y Bisbal saca un disco, toda esa morralla de letras gastadas, y el Master Chef, y la Pesadlla en la Cocina, y Cuéntame para entretenerme a la hora de la cena.

Y tú y yo sin conocernos. Nos trasladamos para evitarnos. Una actividad frenética que nos devuelve a la realidad inmóvil.

Y los tambores percutiendo, como si fuera a ocurrir algo. Los capirotes, la gente aburrida en las aceras. La falta de fe en la vida, la verdadera vida.
Preferimos la resurrección de la carne en la parrilla.

Pronto la feria de Abril, el Día del Libro (del comercio del libro), las elecciones europeas... y mayo y su primer día del subempleo. El buen tiempo, la hierba y las parejas brotando del suelo.

Además es viernes y el cine de estreno, y el vale canjeable de Pans and Company.

Soy deflacionario, estoy bajando mi precio.
La poesía muerta por la falta de silencio.
Una ausencia puede doler
pero no es comparable
a cuando duele una presencia
firme en su empeño por existir
para recordarte que ni siquiera
tienes derecho a una soledad
donde desatar la argolla de la tristeza
y que ésta se abalance contra la pared
y grite y maldiga y se tienda
con las piernas encogidas
temblando
rompiendo aguas
como si acabara de nacer.
Yo te espero
aunque tardes
aunque cambies
aunque no llegues

Yo te espero
sin resumir mi historia
sin resolver mis problemas
sin analizarme sintácticamente

Yo te espero
aunque ya no haya estación
que pueda sujetar los andenes

Porque fui generación
después degeneración
y quiero regenerarme

Yo te espero
con unos cuantos años de retraso
una liviana incertidumbre
y un futuro de eternidad.