16 abr. 2014

MORIR DE AMOR



Junior ha muerto de amor
Morir de amor es una enfermedad romántica, como los duelos al alba y los destierros voluntarios.
El amor tiene esa doble cualidad.
La mirada mientras Rocío cantaba rancheras, y celebraban el verano al borde de la piscina.
Mis padres tenían un disco de Rocío Dúrcal. Lo ponían algunos sábados, y ésa era la señal, de que el día comenzaba levantándose la falda de la mañana, y daba vueltas.

Morir de amor no pasa de moda. Somos una herencia de afectos.
Los góticos recogen su estética, pero no mueren, cuando crecen se convierten en empleados de comercio o en Marilyn Manson de barrio.

Y los hijos disputándose la herencia, y Junior melancólico, aferrado a su pasado filipino, a sus escenarios alzados sobre plazas de pueblos, al amor de una mujer que sonreía como un pájaro.

Junior consumió el veneno del recuerdo sin rebajarlo con agua, o con whisky. Mirando como amanecía otro día que nacía muerto, con falta de peso y respirando con dificultad.
El arte es promiscuo, une con el hilo invisible de la belleza, separa con la delicadeza de un orfebre.

Morir de amor es lento. Te detienes en el momento que dejas de vivir en otra alma, y te quedas abrazado, como los amantes bañados en lava de Pompeya. Eres consciente de tu falta de sentido, del abandono de tus fuerzas, de las peleas que ya no te corresponden.

Son muertes discretas, de las que nadie se atreve a opinar, cuyo diagnóstico no está del todo claro.

Es hermoso encontrar, entre los escombros de las noticias, un titular así: "Ha muerto de amor". Es rotundo, y nos devuelve a la esencia humana. No es necesario profundizar en la noticia, porque cada cual la hace suya, y le pone nombre y poesía.

Puedes morir de amor a los treinta, y es la edad quien te concede la esperanza de renacer.
Puedes no morir de amor nunca, y nada has comprendido de lo que es la vida.

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