20 abr. 2014

NO ABRIMOS EL DOMINGO



Ayer estuve de compras. Compras de clase media, o de gente sin clase.
Dos días sin comercio es irresistible.

Fui a certificar una carta y estuve media hora esperando. Observé la composición de la fila. Todas las clases sociales, todos los colores, podríamos haber decidido derribar el sistema, cualquier sistema, especialmente el de la espera sin hablarnos.

Miraba como desaparecían las escaleras mecánicas y se tragaban a la gente que transportaban; aparecían en otra planta, o en otro lugar lejano.
Parejas dándose un beso, ancianos oliendo a esa colonia de residencia, metrosexuales con urgencia por exhibir las duras jornadas de gimnasio.
Las escaleras se lo tragaban todo; empezaban por los pies y las personas parecían sobres, todos plegados apareciendo allí donde no había gente suficiente de sus características.
O humo, o niebla espiritual.

No pude evitar la tentación y cogí unas bolas para el inodoro: Bref WC poder activo.

Son de colores, estuve comparándolas con otros sistemas baratos, de color azul o verde, que se veía a simple vista que resultaban un fraude.
Coloqué en casa las bolitas azules y verdes y estuve apretando la cisterna un buen rato (modo económico). Contemplé la espuma y el olor del bosque de coníferas.
Observé como giraban con la caída del impulso acuático, y esa fuerza motriz, provocaba la espuma, que no era sino descomposición física.

Me pareció poético. Y limpio. Aunque fuera artificial.

Me senté en el inodoro con la tapa cerrada, como si fuera una Harley Davidson, y apreté a fondo los dos pulsadores. Sentí como si recorriese el corazón verde de Europa, sus bosques llenos de cadáveres de guerras sangrientas. Sus tabernas con delincuentes y posaderas extranjeras. Sus carreteras sinuosas donde alguien puede aparecer en una curva, con un hacha clavada en la cabeza.

Me impresionaron esas bolitas de colores. Quería comérmelas, como cuando de niño quería comerme la goma de borrar con olor a nata o el pegamento, y beberme la gasolina, o el aguarrás.

Me senté en una hamaca de terraza, e imaginé unas vistas limpias, como si me abrazara mi madre.
Una dependienta me preguntó algo y quise casarme con ella; una boda sencilla, de juzgado y merendero. Compartiríamos las bolitas Bref WC con poder activo, y nos comerían las escaleras mecánicas en tardes libres. Haríamos el amor de vez en cuando, como algo sano y deportivo, riéndonos de las cosas que nos faltan y nos sobran. Gozando de no saber quienes somos.
Permaneceríamos desnudos, hablando sobre los nuevos sistemas para subir la persiana de lamas, y de ahí pasaríamos a Philip Roth, o Kenneth Cook.
Todas las mañanas le besaría los pies, y le diría al oído algo que le haría bajar las escaleras sonriendo.
Le esperaría a la salida, por la puerta de empleados, y le rendiría cuentas del tiempo que no existe sin ella.
Nos sentaríamos en el paseo central y veríamos como la gente obedece a los colores del semáforo.

Yo llevaría su bolsa con ropa sucia, y la besaría antes de meterla en la lavadora Lynx, de marca casi blanca, con un servicio posventa pésimo.

Esperaría a la cantante de orquesta de pueblo, en su madrugada agotadora.
Esperaría a la pasante, trabajando gratis para el abogado situado.
Esperaría a la que sale de un cine, esperando vivir algo de eso que ha visto, o lo contrario.
Esperaría a las bandadas de empleadas de las multinacionales, saliendo como si el nido estuviera ardiendo.
Esperaría a la que ha trabajado su último día en la óptica, y me graduaría la vista ante sus lágrimas.
Esperaría a la que sale de su casa, intentando olvidar la discusión.
Esperaría a la que siempre espera, a la que nunca llega, a la que me canso de imaginar.

Esperaría a la que ya no sabe qué será de su futuro, y me cogería del brazo con fuerza, y sus dedos clavándose en mi carne, traspasando la camiseta me dirían: ¡no me dejes! Mientras yo le decía lo mismo, y aún más.

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