22 jun. 2014

ESTUVE CONTIGO


Ayer estuve contigo,
mi amor, mi ruina, mis últimos veinte euros arrugados, viajando en taxi, y en el tranvía de Zaragoza, ciudad inmortal, porque aquí sólo mueren los santos.

Subí las veintitrés escaleras hasta el paraíso de tu cama, como Led Zeppelin, pero más deprisa.

Sabía que teníamos hambre y nos abrimos la lata de la cabeza; nos comimos las ideas, y el futuro vacío como conchas huidas.

Nos comimos lentamente, porque el hambre hay que llenarlo poco a poco.
Todo era natural, casi humano, rodeados de objetos que nos comprendían.

Saqué mi estuche de caricias hechas a mano, en un país lejano de nombre impronunciable.

Recorrí tu relieve; todo era nuevo, como una tapicería de concesionario.
Tu olor nuevo, como libro de texto por marcar, la señal donde se quedan las páginas al dormir.

La luz de la calle y del ayuntamiento, los primeros trinos, la gastroenteritis de la nevera, los cuadros perpetuos, el velo del alba.

Te llamé amor siete veces, las anoté en mi cuaderno de verano, con tareas hechas en el último momento.

No hay nadie como tú; siempre se dice lo mismo, pero esta vez me lo dijiste a mí, y a mis oídos atentos a tu gemido, y las lejanas palabras de tu corazón bordado.

Trabajé para ti en el turno de noche, te traje el brillo de los ojos y un lejano eco de placer, el refugio de los necesitados.

Tu dulce sexo, incomparable manantial de lucidez. Llamé a los espíritus del parque, acudió una decisión que no sospechaba, nos comimos a toda la noche, y sólo éramos dos, en medio de la reacción nuclear.

Vientre lleno de alma, fábrica de lienzos pintados con la lengua, escarcha de frases sin terminar.

Se cambia el día, como un pan recién hecho, salido del horno para comer.
Cuando uno ama es un deber estar bien, y blando, y caliente.

Solos otra vez, confinados en nuestra pequeña mazmorra de honestidad.

El regreso a lo de siempre recorre el mismo camino, no me pareció mal darte un rodeo.

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