12 ago. 2013

Tengo una cerveza de importación en la nevera, una de esas con diéresis en las consonantes, hechas por monjes con capucha; pero no me la bebo, porque estoy esperando una buena ocasión para celebrar algo,
y abro la nevera y la miro como si fuera la sangre de Baudelaire.
Es Checa, de modo que bien podría ser la de Kafka.

Esta tarde estoy jubiloso
he eliminado un troyano con un ratón y he conseguido deshacerme de una estafa por internet
estoy orgulloso de mi capacidad de aguante, improvisación y absurdo, ahora ansío que expire el plazo y triunfe lo tangible.

Ese día puede ser el perfecto para esa cerveza Checa, de importación, vendida en el rincón del gurmet  (o grumet si no tienes galones de oficial) donde hay un termómetro que indica si el lúpulo tiene fiebre o la cebada está con gripe.
Ese día podría alzar el cáliz y encajar el primer mareo,  que lograría arrastrarme allá, donde las sirenas pierden las escamas y hay duchas con champán, a euro la burbuja.

Ese día puede ser el perfecto...

Aunque podría caerse
y estallar contra el suelo
mientras me dices algo que me dé
un golpe de calor.

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